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by Asesoria VOX - Thursday, 22 June 2017, 1:44 PM
Anyone in the world


Lo que pretendía ser solo una visita de inspección de daños, se convirtió en un tremendo festín que terminó en trifulca que por poco provoca mayor desgracia para el municipio de Tuzcacuexco, afectado por el temblor del pasado 18 de septiembre, que dejó varios muertos y viviendas destruidas.


Nadie esperaba que ocurriera así, pero este pueblo desolado por el movimiento telúrico fue escenario de una batalla campal que puso a prueba la entereza del gobernador, que no daba crédito a lo que ocurría pero que se mostró en todo momento tranquilo e imponente ante la situación que por varios minutos se salió de control.

Pasaban de las 14:00 horas cuando el gobernador y su comitiva arribaban a la cabecera municipal de Tuzcacuexco, luego de haber recorrido “El Pochote” una de las rancherías más afectadas por el temblor, en donde varias personas perdieron la vida y otras sus viviendas y animales.

Sin embargo, la visita del mandatario a este pequeño poblado marcado por el olvido ancestral de los gobernantes, parecía ser un paliativo ante la desgracia que aún rondaba las desoladas calles, pero donde ese día se veía a hombres y mujeres de un lado para otro acarreando cazuelas y canastos con tortillas recién hechas. Lejos de la tristeza que embargaba al Pochote, aquí se respiraba hasta un ambiente “festivo” que terminó más tarde con las notas del Himno Nacional que apaciguó los ánimos de los pobladores que bajo los efectos del alcohol se enfrentaron a golpes y machetazos.

Parecía una fiesta, sí. El gobernador y sus acompañantes se sentaron en una larga mesa depuesta para ellos con platos de lo que parecía ser barbacoa de res, salsa, guacamole y tortillas calientes. También les ofrecieron “ponche de granadas”, bebida fermentada típica de la zona presente en todos los eventos.

Nadie despreció nada, por lo contrario, el calor a esa hora y la larga caminata de inspección habían despertado el apetito que parecía voraz en algunos integrantes de la comitiva, incluso mientras el mandatario bañaba un taco con guacamole exclamaba al presidente municipal -qué rica está la barbacoa, ahora que tengamos evento grande los vamos a llamar para que nos preparen algo así-. Esto le dio mucho gusto al edil, que observaba atento como todos saboreaban la comida que habían preparado con tanto esmero para sus visitantes.

Mientras, a unos metros. Mujeres que pasaban algunos platos comentaban entre sí la alegría que llevaba al pueblo la visita del gobernante, -¡qué bueno que se dignó a venir, nadie lo había hecho y qué bueno que está conociendo personalmente las necesidades de nuestra gente!- decían. No muy lejos, otro grupo de personas murmuraba -qué bueno que vino, pero no es fiesta y están tomando de más, ya hasta dicen que mandaron por la banda-… No acababan la plática cuando se escucharon los trompetazos y los platillos, -tatachum, chum, chum- , entraban los músicos sudando y colorados por el caminar; pues no encontraron transporte porque los pocos carros que habían fueron ocupados para trasladar al gobernador y a sus acompañantes.

La música trajo alegría, mientras sus colaboradores terminaban de comer, el gobernador sacaba de su camisa un salero que había guardado porque en la mesa ya no cabía nada y fue hasta que retiraron su plato que lo regresó a un lado; movía la cabeza, aplaudía, saludaba a quienes se acercaban y hasta aprovechaba para oler los claveles que aguardaban en un florero de cristal.

Eran 16:00 horas y hasta ese momento todo transcurría en calma, aunque ya con los efectos del ponche, el Secretario de Desarrollo Social pidió bajar la música y agradeció las atenciones del pueblo que pese a que pasaba momentos difíciles, no perdía la esperanza. Les pidió seguir con la entereza de Benito Juárez, el hombre del que tenían edificado un monumento en la explanada municipal. De pronto, entre el silencio que acompañaba la intervención, Las risas se desataron cuando uno de los pobladores soltó -¿Apoco es Juárez?, pensábamos que era Hidalgo o Morelos, porque a todos les celebramos ahí-. El comentario pasó desapercibido por el Secretario, que de inmediato cedió la palabra al gobernador.

El lugar quedó en silencio total y los que estaban afuera hacían grandes esfuerzos por mirar por las ventanas o al menos escuchar el eco de lo que ahí se decía.

El gobernador se fue enderezando, despacio, muy despacio, hasta que echó la silla hacia atrás con el pie; puso sus manos en la mesa; agachó la cabeza como si fuera a agarrar vuelo y luego de su tos, inició el discurso.

-agradezco las atenciones, vengo con el firme compromiso de apoyarlos y levantar a este pueblo del olvido… “—¡Exacto, mi general! —gritó uno de por allá—. ¡Exacto! Usted lo ha dicho.”

El gobernante prosiguió “...—En este caso, digo, cuando la naturaleza nos ha castigado, nuestra presencia receptiva en el centro del epicentro telúrico que ha devastado hogares que podían haber sido los nuestros, que son los nuestros; concurrimos en el auxilio, no con el deseo neroniano de gozarnos en la desgracia ajena, más aún, inminentemente dispuestos a utilizar muníficamente nuestro esfuerzo en la reconstrucción de los hogares destruidos hermanalmente dispuestos en los consuelos de los hogares menoscabados por la muerte. Este lugar que yo visité hace años, lejano entonces a toda ambición de poder, antaño feliz, hogaño enlutecido, me duele. Sí, conciudadanos, me laceran las heridas de los vivos por sus bienes perdidos y la clamante dolencia de los seres por sus muertos insepultos bajo estos escombros que estamos presenciado.”

Volvió a oírse el gritón de antes: “¡Exacto, señor gobernador! Usted lo ha dicho.” Y luego otra persona dijo: “¡Callen a ese borracho!” Y los ánimos comenzaban a encenderse, sin embargo, el gobernador continuó “—Tuzcacuenses, vuelvo a insistir: me duele vuestra desgracia, pues a pesar de lo que decía Bernal, el gran Bernal Díaz del Castillo: ‘Los hombres que murieron había sido contratados para la muerte’, yo, en los considerandos de mi concepto ontológico y humano, digo: ¡Me duele!--”

Fue entonces que el hombre que interrumpía se puso a gritar otra vez: “¡Exacto! ¡Exacto!”, con un chillidos que se oían hasta la calle. Y cuando lo quisieron callar sacó la pistola y comenzó a disparar ante la mirada atónita del gobernador y la desesperación de la gente que corría de los balazos.

El hombre tumbó las mesas, platos y botellas, hasta que otro poblador lo desmayó de un golpe propinado con una botella.

Pese a la escena, el gobernador rodeado de elementos de seguridad se mantuvo en su lugar, conservaba la calma, pero su rostro se había transformado, ya no se veía complacido, ahora estaba serio con la cara fruncida, mirando hacia donde estaba el tumulto como queriendo calmarlo con su mirada.

Un hombre de la comitiva del gobernante, pidió a los músicos que tocaran algo, y ante la tensa situación, estos se soltaron tocando el Himno Nacional con todas sus fuerzas, hasta que casi se le reventaba el cachete al del trombon de lo recio que pitaba; pero aquello siguió igual.

Mientras afuera, en la calle, se había prendido también el pleito. Ahí se libraba una batalla campal con piedras, palos y machetes. Mientras el gobernador retiraba la pistola al hombre que realizó los disparos, elementos de la Policía ordenaron callar la música e informaron al mandatario que ya se había contenido el enfrentamiento y debía de retirarse por si los ánimos se volvían a encender.

Serio y decepcionado, el gobernador salió del lugar, agradeció al presidente municipal y se subió a la camioneta, ahí atrás de él sus colaboradores hacían lo mismo. Los pobladores ya ni cuenta se dieron, los heridos fueron trasladados al centro de salud, pero luego de calmarse el pleito, los demás continuaron bebiendo hasta el amanecer.

 

  
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